Lula Mari

Texto de Roberto Amigo

Una joven mujer trata de ordenar los fragmentos dispersos de una porcelana, la figura se recorta sobre el fondo del jardín verde en su esplendor. Tal vez, esta pintura revele el programa artístico de Lula Mari: la restauración de la pintura desde los fragmentos de una historia del arte que siente continua e inconclusa.

Ir al pasado para disponer de un reservorio de formas, composiciones y temas que salen desde la Caja de Pandora de la pintura; expandidos ya sus males en el fondo se encuentra la esperanza de la última estiticidad posible en un mundo amenazante. Es factible detenerse en el juego erudito del hallazgo de la cita utilizada por la artista, pensar como apropia un hecho pictórico –por ejemplo la actitud gestual de una pintura de Caravaggio, la sombra dominante en los George de La Tour, el clima de La tempesta de Giorgione - para desplazarlo a una nueva narración pictórica.

Una pintura teatralizada: los gestos de las figuras acompañan la ilusión temporal del relato congelado que el espectador reconstruye recorriendo la tela desde la mirada inicial puesta sobre un objeto resuelto con fidelidad en sus detalles, objeto secundario pero central como enclave perceptivo de “superficie”: el detalle como trampa de caza.

El paisaje rocoso facetado, las nubes ovales y sus sombras, las ciudades utópicas remiten a lo fantástico; la mujer muerta, el hombre en la cueva, la doncella acechada por fieras a lo simbólico. La figura ha perdido su autonomía para recuperar su potencialidad alegórica premoderna. Esta convivencia es un legado del simbolismo fin-de-siècle acompañado de una lectura de la gracia prerrafaelista, cuyo resultado es la feminización de la pintura tan distante de la postura política de género como puede serlo una adjetivación. Es la mujer –aunque su pose nos remite al niño testigo de las escaleras del Martirio de San Mateo de Caravaggio– la que nos introduce al mundo abierto de ciudades místicas, mientras los hombres aceptan nocturnos urbanos y cuevas del suburbio.

El inframundo y la espera de la resurrección reúnen a Bajo tierra y Descendimiento, el corpo morto de una joven en la primera como fragilidad de la vida, en la segunda otra joven turbada corre la piedra del sepulcro para develar la Deposizione di Cristo de Rafael (aunque en su concepción plástica es cercana a los dos tiempos de la Transfiguración). Así, la pintura de Lula Mari transita entre la naturaleza como ilustrada descripción científica y como vanitas.

La afición por el tenebrismo –un romanticismo neobarroco domina la pintura y la fotografía de muchos artistas jóvenes– es resuelta por planos ausentes de color. Aquí, sin embargo, no es la luz como foco teatral la que debe definir los cuerpos, cada uno tiene la intensidad objetivamente acordada, sino la sectorización de la tela con el negro dominante donde pueden estallar los verdes.

Si la antigua técnica artística ha perdido su combate frente a la tecnología, acabado el sueño reformista de la modernización, solo resta subsumirse a las posibilidades visuales de los nuevos soportes, al conceptualismo relacional o aceptar el desafío restauracionista de la pincelada medida, de la figuración literaria, de los géneros pictóricos, de la imitación de la naturaleza, del placer de poner color sobre un lienzo, de afirmar que una pintura puede adeudar más a otra pintura que a su tiempo. Lula Mari ha tomado esta última decisión estética.

Foto del autor: Roberto Amigo

Roberto Amigo
2009

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